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Vivir en Suiza: lo que aprendí de su arquitectura residencial

Por Fernando Artacho · lectura 5 min ·septiembre 2, 2026

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SUIZA

Vivir en Suiza: lo que aprendí de su arquitectura residencial

Durante los ocho años que viví en Suiza habité distintas viviendas y colaboré en despachos dedicados, entre otros ámbitos, a la arquitectura residencial. Esa doble experiencia como arquitecto y como habitante me permitió conocer las casas no solo desde el plano, sino también desde la vida cotidiana.

No todas las viviendas suizas son iguales ni existe un único modelo que pueda trasladarse directamente a España. Sin embargo, en las casas que conocí encontré una serie de cualidades recurrentes: estancias bien dimensionadas, abundante luz natural, espacios comunes relacionados entre sí, terrazas concebidas para utilizarse y una ejecución constructiva especialmente cuidada.

Son decisiones que todavía hoy influyen en mi manera de proyectar.

La amplitud no depende únicamente de los metros cuadrados

Una de las primeras diferencias que percibí fue la generosidad con la que se dimensionaban determinadas estancias, especialmente los dormitorios y los baños.

Los dormitorios no se planteaban como espacios en los que apenas cupieran una cama y un armario. Había suficiente superficie para moverse, vestirse, incorporar algún mueble auxiliar o adaptar la habitación a distintas etapas de la vida. Los baños también solían disponer de una anchura y una capacidad de uso superiores a las estrictamente imprescindibles.

Esta amplitud no responde necesariamente a un exceso de superficie. En muchas ocasiones procede de una distribución más equilibrada, con menos metros perdidos en pasillos, recorridos claros y habitaciones correctamente proporcionadas.

Una estancia puede cumplir las dimensiones mínimas establecidas por la normativa y, sin embargo, resultar incómoda una vez amueblada. La verdadera calidad aparece cuando el espacio permite realizar las acciones cotidianas sin obstáculos: abrir un armario, rodear una cama, compartir un baño o disponer de una zona de trabajo sin convertir la habitación en un espacio saturado.

Esta manera de valorar una vivienda ya estaba presente en una guía que elaboré hace años, inspirada también en mi experiencia suiza. En ella destacaba la importancia de las estancias amplias, los espacios exteriores, las cocinas abiertas, el almacenamiento y las ventanas generosas como factores directamente relacionados con la calidad de vida.

Luz, visuales y espacios que se relacionan

Otro rasgo que recuerdo especialmente es la luminosidad. Las ventanas acostumbraban a tener una dimensión generosa en relación con la superficie de la estancia, permitiendo que la luz penetrase con profundidad en el interior.

No se trataba simplemente de cumplir con una superficie mínima de iluminación. El hueco formaba parte de la arquitectura de la habitación: definía su relación con el paisaje, acompañaba el uso del espacio y contribuía a que la vivienda se percibiera más abierta.

La luminosidad se reforzaba mediante paredes y techos claros, pero también gracias a la conexión visual entre las distintas estancias. En muchas viviendas aparecían visuales diagonales que atravesaban el salón, el comedor, la cocina o la terraza.

Estas perspectivas amplían la percepción del espacio sin necesidad de incrementar la superficie construida. Cuando la mirada puede recorrer varios ámbitos y terminar en una ventana o en un espacio exterior, la casa deja de entenderse como una sucesión de habitaciones independientes y empieza a percibirse como un conjunto.

La cocina integrada en el salón-comedor contribuía especialmente a esta continuidad. En las viviendas que conocí era frecuente que cocinar, comer y estar formasen parte de un mismo ámbito, aunque cada uso conservase su lugar.

Una cocina abierta bien proyectada no consiste únicamente en eliminar un tabique. Requiere estudiar la posición de la mesa, las superficies de trabajo, el almacenamiento, la extracción y aquello que conviene mantener fuera de la vista. Cuando estos aspectos están bien resueltos, la cocina se convierte en un espacio de convivencia y no en una zona de servicio separada de la vida familiar.

Terrazas y espacios auxiliares pensados para utilizarse

Las terrazas también tenían una presencia importante. No eran únicamente una prolongación visual del salón ni una estrecha franja exterior. En muchos casos disponían de suficiente profundidad para colocar una mesa, varias sillas y permanecer realmente en ellas.

La diferencia es fundamental. Una vivienda puede tener balcón o terraza sobre el plano y, sin embargo, no ofrecer un verdadero espacio exterior. Para que resulte habitable debe permitir sentarse, comer, conversar o descansar sin que el mobiliario bloquee completamente el paso.

La relación con el interior era igualmente importante. Cuando la terraza se sitúa junto al salón-comedor o la cocina y existe una buena continuidad entre ambos, se convierte en una estancia más durante una parte del año.

Junto a estos espacios visibles, me llamó la atención la naturalidad con la que se resolvían funciones domésticas menos representativas, pero esenciales.

Era habitual encontrar la lavadora y la secadora colocadas en columna dentro de un baño amplio o en un pequeño espacio auxiliar denominado réduit. Este recinto podía utilizarse también para almacenar productos de limpieza, guardar objetos de uso ocasional o alojar parte de las instalaciones de ventilación o climatización.

Su valor reside en integrar desde el proyecto todo aquello que una vivienda necesita para funcionar. Cuando la lavandería, el almacenamiento y las instalaciones no disponen de un lugar específico, terminan invadiendo la cocina, la terraza o las zonas de paso.

El orden de una casa no depende únicamente de sus muebles. Empieza en la planta y en la previsión de los espacios necesarios para la vida diaria.

El confort también está en aquello que no se ve

La arquitectura de una vivienda no termina en su distribución. Las casas en las que viví ofrecían una sensación de confort muy vinculada a la calidad del aislamiento y a la precisión de la ejecución.

Carpinterías, juntas, cambios de material y encuentros constructivos estaban resueltos con especial cuidado. Esa atención se traducía en estabilidad térmica, ausencia de corrientes de aire y una percepción general de solidez.

Un buen aislamiento no depende solo del espesor previsto en el proyecto. Su funcionamiento está condicionado por la continuidad de la envolvente, la reducción de puentes térmicos, la colocación de las ventanas y la resolución de cada encuentro.

Son aspectos que apenas aparecen en las fotografías, pero determinan el comportamiento de la vivienda durante décadas. La calidad constructiva se reconoce en cómo cierra una ventana, en la precisión de una junta, en la ausencia de remates improvisados y en la coherencia entre lo proyectado y lo ejecutado.

La experiencia suiza reforzó en mí una idea esencial: diseño y construcción no pueden separarse. Una buena planta puede perder gran parte de su valor si está deficientemente ejecutada, del mismo modo que una construcción impecable no compensa una vivienda oscura o mal distribuida.

Una forma de entender la vivienda

Lo que aprendí en Suiza no fue un catálogo de soluciones para copiar, sino una manera de abordar la arquitectura residencial.

Una buena vivienda debe estar pensada desde las acciones cotidianas, la entrada de luz, las relaciones entre los espacios, el orden doméstico y la precisión constructiva. No necesita ser innecesariamente grande, pero sí estar bien proporcionada. No basta con que tenga una terraza: debe poder utilizarse. No basta con abrir la cocina: hay que integrarla correctamente. Y no basta con especificar buenos materiales: es imprescindible resolver bien cada encuentro.

Cuando proyecto o analizo una vivienda, continúo aplicando muchos de estos criterios. Porque la calidad de una casa no se mide únicamente por lo que muestra, sino por la facilidad con la que permite vivir en ella.

¿Tienes un proyecto en mente? Analicémoslo antes.

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